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2009-04-22 20:52:49
Tres preguntas para el año 2010. |
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México se acerca a los festejos por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. A pesar de que todavía no tenemos claro qué hará el gobierno federal para celebrarlo, ya hemos visto diversos pasos orientados a informarnos sobre lo que realizará en esa fecha. Ya conocemos el monumento que se edificará en Paseo de la Reforma a la altura de la Torre Mayor, la página de la Comisión Organizadora está llena de información, y los medios públicos (IMER, Canal 11 y Canal 22) nos han mostrado un poco de lo que harán en 2010.
Me parece bien que 2010 sea un año lleno de festejos. México se merece una gran fiesta para conmemorar esos dos momentos trascendentales en su historia. Espero que haya muchos eventos, música, cocteles, conferencias, programas de televisión, desfiles, presentaciones de libros, y todo eso que se organiza en las grandes celebraciones.
Sin embargo, y dada la situación en la que llegamos a esa fecha, me parece que además (o a pesar) de los festejos, necesitamos reflexionar sobre lo ocurrido en 1810 y 1910, y de qué manera influye en la sociedad mexicana contemporánea. Más allá de festejar al dulce padrecito Hidalgo, al apóstol Madero o al valiente niño artillero, creo que deberíamos pensar más en nuestro México contemporáneo y de qué manera ha cumplido o no con los sueños que se gestaron durante esos dos momentos de nuestra historia.
Los aniversarios son buenos momentos para hacer un corte de caja; para revisar lo ocurrido y plantearnos lo que queremos que ocurra. Vivimos en una etapa en la que México no tiene proyecto nacional, ya que su antiguo rumbo, el Nacionalismo Revolucionario, desapareció en los años 80, cuando el Estado lo dejó atrás para vincularse a la tendencia neoliberal. Los antiguos símbolos dejaron de ser útiles a un Estado que los usó durante décadas y ahora vivimos en un presente continuo, con miras muy cortas.
El estudio del pasado también sirve para construir un proyecto de futuro, pero para ello necesitamos tener siempre presente lo que estamos viviendo ahora; de otra manera, sólo construimos historias de bronce que legitiman a los poderes, pero no le sirven a la sociedad a entender sobre qué piso se encuentra parada.
Pienso que, para 2010, hay tres preguntas en las que todos deberíamos reflexionar e intentar responder. Me adelantaré poco más de un año a esas fechas canónicas y ofrezco algunas ideas que se me ocurren al respecto.
a) ¿En qué situación se encuentra México, a casi 200 años de su Independencia y 100 de su Revolución?
Es innegable el progreso del país desde 1910, y mucho más desde principios del siglo XIX. La urbanización e industrialización del país, la creación de un sistema educativo nacional, el incremento en la esperanza de vida de sus habitantes, la existencia de un sistema de comunicaciones que mantiene enlazados todos los rincones del país (desde las carreteras al internet inalámbrico), la fuerte presencia de las organizaciones no gubernamentales y el desarrollo de un sistema de partidos son claras señales de lo mucho que ha cambiado este país desde que nació en 1821.
Creo que el mayor avance de todos consiste en que México no desapareció durante ese tremendo siglo XIX. Pudimos haber seguido el camino de la República Federal de Centroamérica, que se formó luego de que los países de esa zona se separaron del Imperio Mexicano. Ese proyecto pudo haber creado a una de las naciones más ricas del planeta, pero las intrigas políticas impidieron que se mantuviera unida y llevaron a su desaparición en 1839.
En este momento también podríamos ser un conjunto de países que seguramente se habrían desangrado en absurdas contiendas, pero no ocurrió así. Nosotros soportamos dos imperios, varias repúblicas federalistas y centralistas, la pérdida de la mitad del territorio, la separación temporal de la península de Yucatán, la invasión francesa, las guerras civiles y la dictadura Porfirista. A pesar de su dramatismo, el hecho de que la bandera norteamericana ondeara en Palacio Nacional el 16 de septiembre de 1847 no impidió que México siguiera existiendo.
Logramos formar una nacionalidad a partir de la unión de grupos geográfica y culturalmente muy distantes. Un sonorense y un yucateco se reconocen como miembros del mismo Estado y eso es un avance trascendente, a pesar de que nos hemos acostumbrado tanto a él que ya no nos damos cuenta.
El Estado que surgió de la Revolución Mexicana se esforzó por modernizar al país, por lo que aplicó varias políticas de industrialización que llevaron a que México se urbanizara. Instituciones como la UNAM, el IMSS y PEMEX, el surgimiento de una fuerte iniciativa privada en el norte, y el desarrollo de la cultura durante el siglo XX también fueron producto de los cambios aplicados por los gobiernos de la Revolución.
Sin embargo, a casi 100 y 200 años de todo eso, el balance no es totalmente positivo. A pesar de tanto esfuerzo, México sigue sufriendo por problemas que rebasan los dos siglos y no parece que vayan a solucionarse en esta generación, ni en las que siguen:
El país sigue siendo un riquísimo territorio natural en el que conviven muchos pobres y pocos ricos. Ni la Independencia, ni la Reforma, ni la Revolución, lograron que el desequilibrio económico desapareciera. Entre 50 y 70 millones de mexicanos viven al día apenas con lo justo (y muchas veces ni eso), mientras un puñado de mexicanos tienen los miles de millones de dólares necesarios para aparecer en la lista de la revista Forbes.
De ese brutal desequilibrio se generan todos los problemas del México contemporáneo: una población pobre, mal alimentada y mal educada no tiene forma de participar en la vida política ni de influir para provocar los cambios que el país necesita.
La pobreza lleva, entre otras cosas a un brutal desperdicio de recursos naturales y humanos. El campesino que destruye un pedazo de bosque para tener donde sembrar, y el maderero que acaba con todo el monte para ganar más dinero son reflejos del mismo problema: un sistema pobre que no es capaz de aplicar la justicia.
Esta enorme pobreza lleva a otro mal mexicano: la concentración del poder en manos de algunos grupos, los cuales se preocupan cada vez más en proteger sus intereses y cada vez menos en el proyecto nacional. El corporativismo que rigió al mundo novohispano se ha reproducido e incrementado a principios del siglo XXI. Si durante la Colonia tuvimos a los gremios de mineros y comerciantes, a la Iglesia y la administración virreinal, y durante el Porfiriato México vivió a la sombra de los empresarios agrícolas y el aparato gubernamental, ahora nos encontramos con un complejo sistema que incluye a los partidos políticos, los gobernadores de los estados, la industria de la comunicación, la Iglesia, los sindicatos formados durante el Nacionalismo Revolucionario, y de forma creciente el crimen organizado.
Y es que, además de la pobreza y la concentración del poder, México vive enfermo de un mal moral desde que era parte del Imperio Español: la corrupción. Ante nuestro desprecio por la ley, los mecanismos alternos de la corrupción engrasan la maquinaria social y nos permiten solucionar a cortísimo plazo nuestros problemas. La “mochada” para el oficial de tránsito nos salva de todos los trámites para pagar una multa, pero provoca enormes problemas subyacentes al país.
Actualmente, todos los partidos políticos ofrecen algún tipo de solución ante las carencias de la sociedad: están los apoyos a los ancianos, las becas de bachillerato, las enormes construcciones viales, los programas para conseguir casa y muchos otros más.
Pero ningún partido político y ningún movimiento social en México se compromete a acabar con la pobreza. No me refiero a apoyar a los jóvenes para que acaben su prepa, o que los niños reciban desayunos escolares para que no se duerman por hambre en la primaria. Me refiero a garantizar que los ciudadanos tendrán los recursos económicos necesarios para que sus hijos cuenten con todas las facilidades para desarrollarse al máximo.
En los años 60, durante la visita de Charles de Gaulle a México, el presidente Adolfo López Mateos le presumió el programa de desayunos escolares. “Todos los niños desayunan en la escuela, señor presidente”. El viejo general francés simplemente le contestó: “señor presidente, en mi país los niños ya llegan desayunados a sus escuelas”.
No estoy diciendo que esos programas gubernamentales sean malos; lo que sí digo es que sólo son un paliativo (que además favorece la corrupción). México necesita comprometerse a acabar con la pobreza de sus habitantes. De otra manera, siempre vivirá en el atraso. Una sociedad democrática y participativa no puede surgir en un medio en el que la mayoría de sus habitantes apenas pueden malcomer diariamente.
b) ¿Cómo llegó México a la situación que vive actualmente?
No somos una sociedad con historia democrática. Estamos muy acostumbrados al autoritarismo, y especialmente a una variante de él: la “dictablanda”. Esa que le permite a sus ciudadanos muchas cosas, a cambio de contar con su obediencia absoluta. El debate amplio sobre los temas que atañen al país no es una costumbre en la sociedad mexicana. Siempre fue patrimonio de un pequeño grupo ilustrado que expresaba sus opiniones en periódicos y libros, (y ahora lo hace a través de los medios electrónicos).
La desesperación ante la pobreza ocasionó revueltas continuas a lo largo de la Colonia. Al independizarse México las revueltas se combinaron con los continuos pronunciamientos militares, las guerras civiles y las intervenciones extranjeras.
Sin embargo, siempre hemos tenido movimientos que han buscado mejorar las condiciones de vida del país desde distintos ángulos, para lograr el desarrollo de México. Ejemplo de ello son la abolición de la esclavitud por parte de Hidalgo, los “Sentimientos de la Nación” de Morelos, Juárez y sus leyes de Reforma y los diversos planes que surgieron durante la Revolución de 1910.
Entonces, hemos tenido esencialmente dos tipos de respuesta ante la concentración del poder y la riqueza en México: la rebelión de las clases bajas que buscaban mejorar sus condiciones de vida, y las revueltas de la clase media y alta ante la falta de oportunidades y el autoritarismo.
El Estado que surgió luego de la Revolución se propuso transformar a México a través de concentrar el poder político en una institución, la Presidencia de la República. Esta podía mediar en los conflictos que surgieran entre los distintos grupos al interior del país y además conducía el desarrollo económico de México. Apoyada en los sindicatos obreros y campesinos, en el ejército y manteniendo una relación cordial con la Iglesia, los medios de comunicación y la iniciativa privada, la Presidencia podía conducir los destinos de México y rotar el poder de manera pacífica entre los miembros de la Familia Revolucionaria.
Para lograr esto, tenía que legitimarse a través de un discurso histórico que le fuera conveniente. La Presidencia y el partido oficial tenían que ser vistos como los continuadores de las luchas llevadas a cabo por todos aquellos personajes históricos que brillaron durante el siglo XIX y principios del XX. Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas tenían que adoptar el papel de “protopriístas” para contribuir al fortalecimiento de la imagen institucional.
El sistema ofrecía entonces una “Revolución Institucionalizada”, o sea, la promesa de un cambio constante y evolutivo en el país, que siempre buscara satisfacer las necesidades de amplios grupos de la sociedad y en el que los puestos de decisión fueran ocupados por gente nueva que con sus ideas revitalizaran al Estado. Siempre hubo rotación en esos puestos, pero el partido oficial nunca dejaba el poder ni permitía que otros grupos políticos tuvieran una participación efectiva en la vida nacional.
El uso de la historia, aunada a la capacidad del Estado para industrializar al país, contribuyeron a crear una clase media que vivía medianamente satisfecha por la actuación de los gobiernos revolucionarios. Era consciente de que el poder estaba concentrado en un solo partido (y muchas veces lo aceptaba con gusto). No por nada, durante muchos años corrió por los pasillos de la Facultad de Derecho de la UNAM una frase que los enorgullecía, pero también pintaba el carácter antidemocrático del sistema: “aquí se estudia para presidente”.
Los contrarios al sistema eran acotados o reprimidos. El Partido Acción Nacional pasó por una difícil historia en la que la voluntad de sus agremiados los sostenía ante las arbitrariedades que sufrían por parte del partido oficial. Pero el PAN no sufrió la represión por la que sí pasaron todos aquellos que optaron por movilizarse entre los años 50 y 70. Los ferrocarrileros, los médicos y los estudiantes conocieron el puño del sistema.
Pero el sistema no era eterno. El modelo económico se vino abajo, y la corrupción y represión debilitaron a la estructura estatal. La sociedad se veía cada vez más limitada económicamente e insatisfecha por la falta de alternativas. En una larga decadencia (poco más de 30 años), el Estado Revolucionario dejó de brindar satisfactores económicos a la sociedad mexicana, mientras que su legitimidad histórica se erosionaba.
Ante el achicamiento del Estado (producto también de la aplicación de medidas neoliberales), otros poderes empezaron a crecer. Fue en ese momento (a partir de los años 90) que los medios empezaron a decir más cosas que no agradaban al gobierno, que la Iglesia empezó a meterse cada vez más en la vida pública, que los empresarios manifestaron más su descontento ante el gobierno, y que el crimen organizado incrementó sus actividades.
Esa “década democrática” llevó al primer gobierno no priísta elegido por la vía electoral. El triunfo de Vicente Fox en las elecciones del año 2000 no fue impugnado por nadie. Parecía el inicio de una etapa diferente en la vida nacional. Desgraciadamente el gusto duró poco, ya que Fox no fue capaz de enfrentarse a los dinosaurios que estaban en shock por haber perdido la presidencia.
El manejo frívolo de la administración Fox y su intromisión en las elecciones de 2006 provocó una seria crisis en las elecciones de ese año. Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón representaban dos visiones de México totalmente contrarias: por un lado una izquierda con amplias bases populares pero más acostumbrada al enfrentamiento que al debate; por el otro una derecha que presumía su historia de fortalecimiento ante el PRI pero que estaba empezando a comportarse como él. La victoria de Calderón por un minúsculo margen ocasionó una grave crisis de legitimidad que lo ha seguido hasta el día de hoy.
Porque, a pesar de que las encuestas de preferencias lo ubican en un sitio favorable, Calderón tiene en su contra a los grupos que no olvidan lo ocurrido en 2006, la nueva crisis económica y la sangre que todos los días se vierte en esta guerra contra el narcotráfico. Queda poco margen de maniobra para realizar acciones efectivas que remedien el problema de la pobreza, y menos aún cuando el poder dentro del sistema se ha trasladado a un poder legislativo famoso por su corrupción y su desprestigio ante la sociedad.
c) ¿Qué futuro queremos para México?
En los años 90, Enrique Krauze decía que ante México se presentaban dos caminos: uno llevaba a un sistema democrático de partidos parecido al español. El otro conducía a un nuevo autoritarismo de corte populista, como el que vivía Perú en ese entonces bajo el gobierno de Alberto Fujimori.
De alguna forma, llegamos a los dos. Contamos con un sistema partidista que limita los poderes del antiguo gran árbitro de la vida política mexicana: la Presidencia. Pero eso no ha mejorado la vida nacional. El poder legislativo vive en el descrédito público. Los diputados y senadores son vistos como oportunistas que viven del erario.
Por otro lado, el poder de los gobernadores se ha incrementado dramáticamente. Enrique Peña Nieto es una prueba de ello. Enfrascado en una campaña adelantada por la presidencia de la república en 2012, Peña Nieto ha construido su popularidad usando las viejas herramientas clientelares: entrega de despensas, becas, ayudas económicas y grandes construcciones. Todo para asegurar el voto popular en las próximas elecciones, pero sin pensar ni por un momento en construir una ciudadanía responsable.
¿Qué alternativas le quedan a México para no volver a un sistema que lo permitía casi todo a cambio de la obediencia incondicional? ¿Qué medidas debemos aplicar para dejar de ser los niños que dependemos del “hombre providencial” y convertirnos en los ciudadanos que deciden de manera efectiva sobre sus destinos?
No hay una respuesta simple. Mejor dicho, si hay respuestas simples, pero de difícil aplicación. La esperanza de un cambio real para México (que acabe con la pobreza y la corrupción, crea en el imperio de la ley y pugne por su aplicación) está en la pequeña, moribunda y muchas veces perdida, pero al mismo tiempo vital y empeñosa clase media.
En la clase media está el futuro de un país. En ese grupo que cree en el trabajo y la educación como herramientas de desarrollo. Que todos los días tiene que esforzarse para no perder su nivel y subir un poco más.
La clase media tiene que convertirse en la impulsora de ese nuevo proyecto nacional, en el que el respeto a la ley y la búsqueda de la felicidad sean la base de un nuevo pacto entre los mexicanos. Con una visión de la nuestra historia que nos enseñe a detectar los errores del pasado y nos muestre grandes seres humanos en lugar de muertas estatuas de bronce; una actitud ante el futuro basaba en confiar en nuestra capacidad para solucionar los problemas y teniendo a la ley como medio para resolver nuestros desencuentros, la clase media puede colocarse por encima de los poderes que en este momento la tienen sometida, y demostrarse a sí misma que merece ser el eje fundamental en este país.
Sobre todas las cosas, la clase media tiene que creer en sí misma y en que el cambio es posible. La vida que hemos llevado los habitantes de este país puede ser distinta, pero sólo si nos comprometemos a trabajar por ello. En el año 2010, México se merece una nueva Revolución, que transforme las conciencias de los mexicanos, y no sólo una serie de festejos muertos. Como siempre ha sido, la decisión está en nuestras manos.
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2009-04-28 13:19:22
sol comenta:
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te recomiendo el libro ¿Nos movemos? Movilidad social en México, publicado por la Fundación ESRU y el Cebntro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)( 2008). Me tocó editarlo. Es la ventana a una GRAN encuenta sociológica que responde (reforzando o bien oponiéndose) a varios de tus argumentos. Será una sorpresa.
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2009-04-23 11:00:34
Martha Ilián Salgado comenta:
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Comparto tu opinión, tal clara y bien arguentada como siempre. Pero,una parte de esta clase media, que tan bien retratas, se siente "sola contra el mundo", a veces melancólica por un pasado ya ido e idealizado y sin darse cuenta, transmiten una sensación de desesperanza, de que las cosas no pueden mejorar. Creo que serÃa benefico, evitar el pesimismo y creer en el potencial de cada quien; es una cuestión democrática, que se basa en la idea de que todos los hombres deben ser iguales, libres y decidir por sà mismos, en lugar de estar pendientes de seres extraordinarios que piensan y actúan por nosotros.
Te mando un abrazo,
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2009-04-22 17:58:58
Sandra Cano comenta:
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Arno, gracias por este gran y a la vez sencillo análisis de la Historia contemporánea de nuestro país. Como siempre, muy acertado y que lleva a la reflexión.
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Blog: web & log: internet y bitácora...
Huidiza definición de lo que debe ser un blog.
En Artes e Historia hemos abierto el espacio de blogs –por invitación–, para creadores e investigadores en diversas disciplinas. Algunos van de la anotación rápida al relato con el estilo propio de la bitácora de barco; otros se avocan a las definiciones teóricas; alguno a la poética; otros más al ensayo de largo aliento. Creación y estudio, humor y rigor, seriedad y solemnidad, crítica y reflexión... Las voces provienen de distintas generaciones. La única condición de su participación en este espacio es el ejercicio libertario, responsable y constructivo. Contenido y forma son responsabilidad de los propios autores, que no deben tener la intención de denigrar o perjudicar a personas, empresas, colectivos e instituciones.
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Arno Burkholder |
Soy doctor en historia por el Instituto Mora y periodista por la Universidad Tecnológica de México. El estudio del pasado y su relación con el presente siempre me han interesado. Me gusta investigar la historia de los medios de comunicación en México durante el siglo XX y estoy terminando mi primer libro "La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976".
Foto: Manuel Zavala y Alonso, 2009. |